Ra emerge como un sol encarnado, tallado en oro antiguo y respirando eternidad. Su cuerpo, esculpido como un poema de fuego, sostiene el ankh con la serenidad de quien conoce el origen de todas las auroras. El disco solar sobre su cabeza no ilumina: dicta. Ordena. Despierta.
A su alrededor, los obeliscos se inclinan como si escucharan un secreto divino, y las palmeras tiemblan ante el paso del dios que camina entre mundos. Cada relieve es un latido; cada jeroglífico, una plegaria atrapada en piedra.
Este producto no es una figura: es un amanecer detenido, un fragmento del cielo egipcio que decidió no morir.





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