Bajo el arco gótico donde la sombra respira, Satan se alza como un monarca de brasas. Su piel roja es un himno encendido, sus alas abiertas son un eclipse que devora el aire, y su tridente —negro como un juramento roto— apunta hacia el corazón de quienes se atreven a mirarlo.
Las antorchas a sus lados arden como lenguas antiguas, murmurando secretos del abismo. Él no amenaza: invoca. Es la figura que convierte el miedo en arte, el pecado en escultura, la noche en un templo.
Un guardián del fuego eterno, tallado para quienes buscan belleza en lo prohibido, poder en lo oscuro, y poesía en aquello que arde sin consumirse.





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