La Dama del Eclipse se alza en su altar carmesí, vestida con un manto que parece tejido con sombras antiguas y oro arrancado a los dioses. Sus cuernos coronan la noche, su piel es un pacto, y su mirada —oscura, infinita— gobierna el silencio. A sus pies, dos gatos negros custodian el umbral, portadores de secretos que solo la luna creciente se atreve a escuchar. Ella no es figura: es presagio, es rito, es la belleza que florece donde la oscuridad decide reinar.





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