Bajo la luna helada de un pueblo alpino, Krampus emerge como un susurro antiguo: mitad sombra, mitad leyenda. Su abrigo carmesí, desgarrado por el invierno, arde como una llama prohibida entre la nieve. Los cuernos se curvan hacia el cielo como dos preguntas sin respuesta, y su lengua roja —larga, burlona, casi ritual— anuncia que la noche no es del todo inocente.
En una mano lleva las varas del castigo; en la otra, un saco donde tintinean juguetes… y destinos. A su paso, los carteles tiemblan: Naughty, Nice, como si la moral misma se inclinara ante él. Y la piedra que advierte Behave or Be Taken no es amenaza: es profecía.
Esta figura no es solo decoración. Es un guardián del mito, un vigilante de la frontera entre lo festivo y lo oscuro. Un recordatorio de que incluso en Navidad, la magia tiene colmillos.





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