La figura de Hades arde como un poema oscuro: un dios hecho hueso y llama, erguido entre columnas muertas mientras el tridente respira fuego azul. A su lado, Cerbero gruñe con tres gargantas encendidas, como si cada cabeza fuera un verso maldito que vigila el umbral del inframundo.
Las llamas azules que coronan su cráneo no iluminan: consumen. Las cadenas, los cráneos, las ruinas… todo parece inclinarse ante él, como si el mundo entero recordara que incluso la luz tiene miedo de descender.
Y en la base, el nombre HADES brilla en un azul espectral, como una firma escrita con el aliento de los muertos.
Una pieza que no solo se mira: se escucha, se siente, se teme. Un altar portátil al señor de lo inevitable.







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