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En el corazón de una habitación deshecha, donde la luz teme entrar y las paredes susurran nombres prohibidos, se alza Zozo, el espectro que nació del eco de las preguntas que nunca debieron formularse.

Su cuerpo, delgado como un presagio, parece tallado con la misma madera que sostiene los tableros de la Ouija: astillas de destino, grietas de miedo, líneas que no son decoración sino advertencia. Los cuernos curvan el aire, los dientes dibujan una sonrisa que no celebra… sino que espera.

A su alrededor, las velas tiemblan como si recordaran quién las encendió. Las letras del tablero brillan con un fulgor enfermizo, como si cada símbolo fuera un latido atrapado entre mundos. Incluso el pequeño oso de peluche, abandonado a sus pies, parece comprender que está en presencia de algo que no pertenece al lenguaje humano.

Zozo no posa. Zozo acecha. Es la forma física del “sí” que nunca debiste marcar, del “no” que llegó demasiado tarde, del “goodbye” que jamás se escuchó. Una figura que no solo decora: vigila, respira, y recuerda.

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