La figura de Poseidón emerge como un dios recién despertado del abismo: su barba es una tormenta detenida, su corona un sol hundido que aún arde bajo el océano. El tridente —forjado con el primer relámpago que tocó el mar— apunta hacia el mundo como una advertencia silenciosa. A sus pies, las olas se arrodillan; los peces, tiburones y caballos marinos giran en una danza ritual; las ruinas de templos perdidos se inclinan ante su regreso. El marco, tallado como un canto antiguo, encierra la escena como si fuera un fragmento arrancado del propio reino abisal. Es un altar azul, un mito detenido, un dios que respira dentro del agua eterna.





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