Krampus, guardián de las noches invernales, se alza aquí como un augurio rojo y ancestral, mitad sombra, mitad campana navideña. Su abrigo carmesí —que alguna vez perteneció a un santo más amable— cae sobre su cuerpo de bestia como un pacto roto entre la luz y la oscuridad.
Entre sus garras, las varas del castigo tiemblan como ramas que recuerdan pecados; las cadenas tintinean con un eco que no proviene del metal, sino de las travesuras humanas. En su saco, juguetes y criaturas se mezclan como sueños que han tomado un mal camino.
La nieve a su alrededor no es fría: es silencio, un silencio que observa. Y sobre él, el arco que pronuncia su nombre —KRAMPUS— parece un conjuro que despierta la parte más antigua del invierno.
Esta figura no es solo un adorno: es un mito respirando, un guardián que susurra a quien lo mire: Sé bueno… o el invierno vendrá con dientes.







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