En su piel verde late la promesa de renacer. Osiris se alza inmóvil, pero su silencio vibra como un himno antiguo: el crook y el flagelo cruzados sobre su pecho dictan el orden del cosmos, mientras su corona blanca se eleva como una llama que no conoce muerte.
A sus pies, reliquias rotas murmuran historias de templos caídos, y las piedras del pedestal guardan el eco de sacerdotes que ya no existen. La luz dorada acaricia su figura como si aún fuera rey, como si el Nilo siguiera obedeciendo su voluntad.
Es una estatua que no adorna: vigila. Una presencia que no acompaña: reina. Un dios que no se exhibe: se recuerda.





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