ZOZO se alza en la penumbra como un susurro que tomó forma, un eco prohibido nacido entre tablillas de madera y preguntas que jamás debieron hacerse. Su silueta, larga y quebrada, parece tejida con las sombras mismas del cuarto: un cuerpo que no camina, sino que se desliza como un mal pensamiento.
Las velas tiemblan ante él, como si reconocieran a un antiguo amo. Los símbolos en las paredes —grabados con manos que ya no recuerdan ser humanas— arden sin fuego, pronunciando su nombre una y otra vez: Zozo, el errante de la Ouija, el que responde cuando nadie debería hablar.
Frente a él, la tabla descansa como un altar. El puntero, quieto, espera el toque de un destino ajeno. Y Zozo, con sus dedos de hueso y noche, parece invitarte a un juego donde cada letra es una caída, cada número un pacto, cada “sí” un abismo.
Esta figura no es solo un objeto: es la encarnación de un mito oscuro, un guardián de lo prohibido, un recuerdo de que hay puertas que se abren con palabras… y otras que se abren con miedo.





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