La carne del mundo tiembla en Berserk: un poema tallado con hierro, sangre y destino. Guts avanza como un eclipse viviente, un lobo marcado por dioses que no escuchan, por demonios que sí responden, y por un amor que arde incluso en la noche más negra.
La historia respira como una herida abierta: espadas que cantan, cuerpos que caen, cielos que se rompen en dos. Cada página es un latido de furia, un rezo sin fe, una marcha solitaria contra el infinito.
Es un libro que no se lee: se sobrevive.





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