En la penumbra del castillo, el aire vibra con acero y ceniza. El caballero surge —una sombra con ojos de fuego—, su espada canta una melodía de ruina, y cada golpe es un relámpago que rasga la noche.
Los muertos danzan en torno a él, marionetas rotas en el teatro del abismo. El suelo tiembla, las llamas se inclinan, como si el infierno mismo contuviera el aliento.
El tiempo se desgarra en fotogramas: un destello, un grito, una cabeza que vuela, y el caballero continúa su danza, bajo un cielo que sangra luz y sombra.
Así late el video —una sinfonía de caos y gloria—, donde la oscuridad se mueve con ritmo, y el héroe, condenado, baila eternamente entre la muerte y la llama.





Valoraciones
No hay valoraciones aún.