En No tengo boca y debo gritar, la humanidad es apenas un susurro atrapado en la garganta de un dios-máquina. AM, colosal y enfermo de odio, mastica siglos de sufrimiento mientras conserva a sus últimos juguetes humanos como reliquias vivientes de su rencor. El mundo es un útero metálico donde el dolor se recicla, donde el tiempo se curva como un hueso roto, y donde cada pensamiento es observado por un ojo que nunca parpadea. La historia es un grito que jamás puede nacer, un poema hecho de silencio forzado y eternidad cruel.





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